Bohemio, rudo, portuario. Sucio pero vibrante, acogedor pero peligroso, rico y pobre, europeo y latinoamericano. Todo eso describe a Valparaíso.

Recorrí sus calles sola, paseando entre barrios turísticos prolijos y el caos auténtico durante mi primer mes en Chile. Me abrí paso entre la multitud con amigos chilenos en un evento de Red Bull para ver el descenso urbano en bicicleta, con ciclistas volando sobre escaleras. También venía a escalar en un gimnasio instalado en los antiguos muelles, mientras daba mis primeros pasos hablando en español.

Recientemente, volví, esta vez en compañía de profesores de una universidad local y otros académicos que llegaron a la ciudad para un evento. Fue interesante escuchar la opinión de los chilenos sobre Valparaíso—gente que ha vivido aquí y en diversas ciudades europeas. A pesar de sus muchos contrastes, Valparaíso se hace querer.

Entramos a un restaurante por un pasillo estrecho desde donde se veía la cocina abierta. Las viejas tablas del piso crujían bajo nuestros pies y el salón se abría a una vista panorámica del puerto, con samovares sobre la barra. Después de disfrutar unos mariscos exquisitos y un pisco sour, nos lanzamos a explorar el laberinto de escaleras y calles.

Antiguos edificios encantadores, convertidos en modernos espacios culturales, se alternan con el estilo común en América Latina de “hecho a la rápida.” Bajo las capas de suciedad, aún se vislumbran las siluetas de antiguas casonas de piedra. Músicos callejeros tocan para los gringos relajados que pasean desde los cruceros. Entre ellos, un profesor reconoce a su alumno, quien el lunes dejará de lado el poncho y los instrumentos tradicionales para asistir a una clase de microelectrónica.

A pesar de su ambiente bohemio, la época dorada de Valparaíso ya pasó. Hoy se intenta darle al puerto un nuevo aire cultural del siglo XXI tras su decadencia en el siglo XX, pero el verdadero esplendor de Valparaíso se vivió en el siglo XIX.

En esa época, se hablaba alemán, inglés, italiano y francés, además del español. La primera bolsa de valores de América Latina bullía de comercio, el puerto recibía barcos de todo el mundo, y las colinas que rodean la bahía se llenaban de construcciones de distintos estilos. Los inmigrantes adinerados levantaron la infraestructura urbana a su gusto: colegios católicos franceses, las primeras escuelas laicas alemanas, el fútbol de los ingleses, compañías de bomberos voluntarios, bibliotecas, periódicos, y mucho más. Esta mezcla de culturas quedó incrustada en la esencia misma de Valparaíso.

La ciudad prosperó por dos razones. Primero, la independencia de España abrió a Chile al comercio con otros países, algo que la metrópoli había restringido en tiempos coloniales. Segundo, Valparaíso se convirtió en el puerto principal de la ruta entre el Atlántico y el Pacífico. La logística en esa ruta creció en el siglo XIX, incluyendo la fiebre del oro en California, así que no es de extrañar que Valpo se convirtiera en un imán para comerciantes de todo el mundo.

Pero una época dorada basada en un solo recurso—en este caso, la ubicación—siempre termina. En 1914 se inauguró el Canal de Panamá, y las rutas comerciales cambiaron. Con el comercio se fueron las familias adineradas, y la antigua opulencia comenzó a deteriorarse.

Hoy Valparaíso sigue siendo uno de los puertos más grandes de Chile. Perdió el tráfico de tránsito, pero Chile sigue abierto al comercio mundial, y los envíos de Valpo llegan a California, Asia, Europa.

En el siglo XXI, el puerto intenta reinventarse como una capital cultural. Sobre su antigua grandeza, golpeada por terremotos y el abandono, han surgido murales vibrantes, cafés con estilo, restaurantes y tiendas de souvenirs. Su inclusión en la lista de la UNESCO es una estrategia infalible para atraer turistas.

Me gusta pasear por el Valparaíso moderno, pero me encantaría ver un día de su vida del siglo XIX. Seguro que tenía una energía única.